
Nuevamente vuelve a la palestra el tema del posible retorno de las amonestaciones en el secundario y una vez más oímos opiniones en pro y en contra, pensamientos encontrados, grandes y pequeños defensores y detractores de la medida.
La misma película incansablemente reflejada ante nuestros ojos y la imposibilidad de aprender de nuestros errores, de capitalizar nuestra experiencia, de ejercer la memoria con inteligencia, de transitar por la línea que marca el equilibrio, la coherencia, el sentido común.
De una autoridad construida desde la represión, la intolerancia y el desprecio por las diferencias, pasamos a la más absoluta anomia, donde es exactamente lo mismo hacer que no hacer. Sin premios pero también sin castigos, sin consecuencias. Nadie es responsable de nada, nadie se hace cargo.
En nombre de la igualdad, la democracia, la no discriminación y los derechos humanos, se olvidan o se violan valores esenciales de cualquier sociedad que se proclame desarrollada, moderna, plural y contenedora.
Por supuesto que la escuela refleja lo que pasa en la sociedad, pero es también desde este ámbito donde se tienen que encontrar las recetas y los remedios necesarios y eficaces para atacar tamaña epidemia.
No puede ser que se acate tan alegremente (tan irresponsablemente) que los alumnos falten el respeto, sean violentos y no acepten límites sin hacer nada para corregir este grave problema altamente degenerativo.
La escuela, es decir los docentes y los padres, deben aunar criterios y a través del ejemplo (que es como mejor se educa) revalorizar la autoridad, la norma, los limites, la palabra. No desde un lugar declamatorio y demagogo sino a través de hechos concretos que hagan reflexionar, que enseñen.
Como todo lo que se aprende, esto no sólo ayudará a transitar la etapa escolar. Servirá también para la vida más allá de la escuela, para la convivencia civilizada con los otros, para que el respeto se reinstale y se quede definitivamente entre nosotros. (Jorge Cheula. Mayo 2008)
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Como docente y capacitador me interesé en investigar la resiliencia para poder aplicarla en el ámbito educativo, sobre todo con los muchos alumnos de mediana edad en adelante que se me acercan para contarme “el trauma” (sic) que tienen por no saber hablar inglés o por su imposibilidad de hablarlo luego de años de estudio y experiencias frustrantes. En varias historias se repiten frases que aún hoy resuenan tales como “vos no servís para los idiomas”, “no naciste para el inglés”, “no tenés oído y pronunciás mal”, “mejor dedicate a otra cosa”, etc.
Creo que con esos significantes rondando en la cabeza, la mochila se hace muy difícil de sobrellevar porque el hecho de aprender se vive como una tortura con un final que ya de antemano se imagina como infructuoso. |
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Según la definición de diccionario el término resiliencia en psicología “ refiere a la capacidad de los sujetos para sobreponerse a tragedias o períodos de dolor emocional. Cuando un sujeto o grupo humano es capaz de hacerlo, se dice que tiene resiliencia adecuada, y puede sobreponer a contratiempos o, incluso, resultar fortalecido por los mismos”.
El Dr. Cyrulnik, neuropsiquiatra, psicoanalista, etólogo francés y uno de los mayores exponentes en el mundo de la teoría y práctica de la resiliencia la desarrolló a partir de su propia experiencia sobre su tragedia personal.
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En la actualidad, el concepto de resiliencia no solo se relaciona con el atravesamiento de grandes pérdidas, catástrofes o guerras sino que podemos apelar a nuestra capacidad interior (a nuestra propia luz, según algunos) para superar situaciones cotidianas, quizá no tan traumáticas pero no menos importantes. Todos tenemos una capacidad innata de auto superación pero no todos tenemos los elementos necesarios para poder ponerla en práctica. Los factores que podemos mencionar para hacerla más efectiva son:
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Autoestima consistente. Es la base de los demás pilares y es el fruto del cuidado afectivo consecuente del niño o adolescente por un adulto significativo, “suficientemente” bueno y capaz de dar una respuesta sensible.
Introspección. Es el arte de preguntarse a sí mismo y darse una respuesta honesta. Depende de la solidez de la autoestima que se desarrolla a partir del reconocimiento del otro. De allí la posibilidad de cooptación de los jóvenes por grupos de adictos o delincuentes, con el fin de obtener ese reconocimiento.
Independencia. Se definió como el saber fijar límites entre uno mismo y el medio con problemas; la capacidad de mantener distancia emocional y física sin caer en el aislamiento. Depende del principio de realidad que permite juzgar una situación con prescindencia de los deseos del sujeto. Los casos de abusos ponen en juego esta capacidad.
Capacidad de relacionarse. Es decir, la habilidad para establecer lazos e intimidad con otras personas, para balancear la propia necesidad de afecto con la actitud de brindarse a otros. Una autoestima baja o exageradamente alta producen aislamiento: si es baja por autoexclusión vergonzante y si es demasiado alta puede generar rechazo por la soberbia que se supone.
Iniciativa. El gusto de exigirse y ponerse a prueba en tareas progresivamente más exigentes.
Humor. Encontrar lo cómico en la propia tragedia. Permite ahorrarse sentimientos negativos aunque sea transitoriamente y soportar situaciones adversas.
Creatividad. La capacidad de crear orden, belleza y finalidad a partir del caos y el desorden. Fruto de la capacidad de reflexión, se desarrolla a partir del juego en la infancia.
Moralidad. Entendida ésta como la consecuencia para extender el deseo personal de bienestar a todos los semejantes y la capacidad de comprometerse con valores. Es la base del buen trato hacia los otros.
Capacidad de pensamiento crítico. Es un pilar de segundo grado, fruto de las combinación de todos los otros y que permite analizar críticamente las causas y responsabilidades de la adversidad que se sufre, cuando es la sociedad en su conjunto la adversidad que se enfrenta. Y se propone modos de enfrentarlas y cambiarlas. A esto se llega a partir de criticar el concepto de adaptación positiva o falta de desajustes que en la literatura anglosajona se piensa como un rasgo de resiliencia del sujeto (Melillo, 2002).

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